Pasan los años y el sentimiento permanece igual o más o menos igual. Voy a un drive-in, me preguntan ¿qué desea? y en lugar de decir que deseo una McNífica para mi hijo y un sundae para mí me dan ganas de decir que quiero tranquilidad well done, un poco de alegría con chispas de risa, dos Mctríos de paciencia y de tomar un vaso de compasión con mucho hielo.
Pero no, no lo hago. Pido la dichosa hamburguesa y la nieve. Pago en la ventanilla, recibo mi pedido y me voy.
Mi hijo abre rápido su bolsa, saca su hamburguesa y la muerde para después decir: la felicidad de un niño sólo cuesta 54 pesos mamá. Sonrío. Al menos éste, me sale barato.

Y ¿la cajita feliz?