LA VIDA EN LOS AEROPUERTOS Y EN LOS AVIONES

Tiene otro ritmo completamente, una se siente en una película, se es a la vez personaje y espectador. Una vive despedidas, una observa despedidas. Una encuentra historias en las salas de espera, los rostros frente a una maleta de mano, la sonrisa que nace de la línea de un libro, la mitad de una conversación en un móvil.

Una piensa cosas que no pensaría ni en otro lugar ni en otro momento, cosas que de otro modo no habitarían esta cabeza y esta alma y esta piel. Cuando una oye decir: fasten your seatbelt, una piensa en muchas cosas, en eso especialmente en que hay que abrocharse el cinturón no sólo porque se va a volar sino porque -inevitablemente- se va a pensar.

Aquí el tiempo se detiene, la comida y el agua tienen otro sabor, el espacio compartido  se vuelve ligeramente incómodo, yo saludo con la mirada, ofrezco una sonrisa pero me cuesta mucho iniciar una conversación o continuarla. Es un tipo de vulnerabilidad que nunca he podido explicar ni superar.

Sin embargo, la vida en los aeropuertos y en los aviones tiene su propio encanto, soy poco justa al describirla y, seguramente,  también al vivirla.

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