Hace diez mil años se me ponchó una llanta.
Era de noche, era tarde, era después de una fiesta.
Y alguien llegó al rescate. Yo no tenía extra así que el rescatista me llevó a comprar una. Hablamos, digo asumo que hablamos aunque no recuerdo de qué. La sorpresa vino en algún punto entre comprar la llanta (que él pagó) e instalarla. Mi rescatista tenía nombre de filósofo griego y yo, justo en esa época, aparte de trabajar en un boletín ininteligible daba clases de literatura grecolatina. ¿Era ese un mensaje divino de los Dioses del Olimpo? Probablemente no porque creo que sólo vi al filósofo que arregla llantas y que rescata a mujeres en apuros un par de veces más.
Pero el destino es curioso. Muy curioso. El filósofo guardó un cuento que yo le di y, siglos después ha dado conmigo. Las buenas amistades nacen donde uno menos lo espera. En una llanta ponchada, por ejemplo.
