Y mientras filosofo sobre la autonomía, allá lejos, mi hijo me informa que soy abuela, sí: A-BUE-LA.
En su escuela le han hecho responsable de la vida de dos huevitos. Él y una niña deberán encargarse de protegerlos y educarlos. Ella les hizo una canastita. Él pintó sus caras. Yo, soy abuela.
Mejor que eso: yo, soy madre, de lejos pero madre al fin. Madre de un hijo maravilloso, de un hijo que me hace reír como nadie. De un hijo que me hace abuela de dos huevitos que, bendito sea, no pedirán regalos de navidad.
