“El mundo resulta inaccesible para las manos y la voz de Dios.”, dice Nothomb. Lo es así cuando uno se levanta en la mañana y lee las noticias, mira las calles, observa la forma en que la gente se mueve con indiferencia, con rabia. Lo sabe uno cuando se entera de todo aquello que en el lugar donde vivimos permanece impune. ¿Cómo va a meter las manos Dios aquí?, ¿por dónde empezaría? ¿qué podría hacer con su voz él, tan arriba, si es uno solo?
Nosotros, que somos tantos, deberíamos hacer el mundo accesible. Accesible a las manos y voces de los otros, de los más pequeños, los que van a vivir en los restos de mundo que les hemos dejado.
No es que Dios no escuche. No es que Dios no exista. Es que nosotros no nos hemos hecho escuchar lo suficiente. No se trata sólo de quejarse, de gritar, sino de hacernos escuchar en acciones en hacer de nuestro mundo, un lugar accesible.
Escribo esto después de seguir hoy, durante todo el día las notas, las gotas de dolor que depositó el gran Diego Osorno en twitter, sobre una violación que es todas.
