1. Porque no hay nada más curioso que leer a una autora belga con un cordón umbilical japonés que ha logrado construir una narrativa que rescata los sabores, sinsabores de la infancia, la adolescencia con una mirada escindida entre lo occidental y lo oriental. Es obsesiva y fresca, mordaz y descarada. Sus personajes lo son también.
2. Porque su obra se divide en dos, la compulsivamente autobiográfica que nos lleva por los pasillos de una extranjera que sobrevive choques culturales y amores por igual y revive una y otra vez la búsqueda de identidad; está también su obra de ficción-ficción que siempre nos lleva a rincones inimaginables con personajes imaginables.
3. Porque después de la dulzura de leer a autores como Banana Yoshimoto, Haruki Murakami o el mismísimo (san) Yasunari Kawabata que dan una visión tranquila, siempre es bueno enfrentarse a la acidez enmascarada de una autora belga que usa el código del samurai como si se tratara del café nuestro de cada día y que jura que lloraba y pataleaba hasta que alguien le puso un chocolate en la boca.
4. Porque un fragmento como éste de Metafísica de los Tubos da más razones para leerla:
Fue necesario, para recurrir a la expresión exacta, “recuperar el tiempo perdido” (yo no pensaba haberlo perdido): a los dos años y medio, un humano tiene la obligación de andar y hablar. Conforme a la tradición, empecé por andar. No era nada del otro mundo: ponerse de pie, dejarse caer hacia delante, sostenerse con un pie, y luego repetir el paso de baile con el otro pie.
Andar resultaba de una innegable utilidad. Te permitía avanzar viendo el paisaje mejor que gateando. Y quien dice andar dice correr: correr constituía un invento fabuloso que permitía toda clase de evasiones. Uno podía arramblar con un objeto prohibido y huir llevándoselo sin ser visto por nadie. Correr aseguraba la impunidad de los actos más reprensibles. Era el verbo de los bandoleros y de los héroes en general.
Hablar planteaba un problema de protocolo: ¿por qué palabra empezar? Yo habría elegido gustosa un vocablo tan necesario como “marron glacé” o “pipí”, o bien uno tan hermoso como “neumático” o “esparadrapo”, pero notaba que aquello habría herido susceptibilidades. Los padres son una especie susceptible: es necesario ofrecerles los grandes clásicos que les proporcionan el sentimiento de su importancia. No quería llamar la atención. Así pues, adopté una expresión beatífica y solemne y, por primera vez, vocalicé los sonidos que tenía en la cabeza:
— ¡Mamá!
Éxtasis de mi madre.
Y como tampoco se trataba de humillar a nadie, me apresuré a añadir:
— ¡Papá!
Enternecimiento de mi padre.
(y éste señores fue mi post 1973 y ustedes tal vez no lo sepan pero es un número importante)
