Desde el lunes una paloma ronda la ventana de mi oficina. Al principio la escuchaba a lo lejos, después su sonido fue haciéndose más presente. Parecía el soundtrack de una película romántica en la cual la protagonista camina por un largo camino sin rumbo fijo. Luego, la paloma tomó lugar justo en la cornisa daba golpes a la ventana, pequeños toc toc intermitentes que parecían pedir permiso para entrar. ¿Por qué una paloma querría entrar a mi oficina? ¿Qué puede haber aquí que le interese? Ni siquiera hay un buen espacio para volar, tampoco hay plantas para que se alimente o forme un nido. No se lo dije, tal vez debí, así hubiera dejado de tocar toda la mañana. Me levanté, me acerqué, la miré desde el otro lado de la ventana y, contrario a lo que creí, la paloma no se fue. No se fue. Se quedó ahí, mirándome de frente. Tocó una vez más. Quería entrar pero, ni modo de abrirle. Pensé en tomarle una foto, abrí mi bolsa para sacar el teléfono y para cuando voltee ya se había ido. Pero sigue por ahí, la puedo escuchar aún. La paloma está ahí, esperando a que yo la deje entrar. Yo no puedo dejarla entrar, volteo alrededor y sé que aquí no hay nada para ella. Me gusta así como está y así donde está. Puede volar, ir y venir y volver a la cornisa. Ella no se da cuenta pero en realidad el otro lado de la ventana es mejor que estar aquí. Me gusta escucharla, saberla, ahí, ahí donde está. Me gusta.

Era una paloma mensajera!! Llevaba un mensaje para ti.
Estás teniendo un momento Patrick Süskind pero a la positiva. 🙂