ROCKY

Mis padres, como los padres de todos nosotros, viven entre cariños y disgustos. Hay días que no se hablan y hay días que van al cine y comen palomitas. Días en que si uno de los dos está de viaje el otro se preocupa y días en que desean que el otro se vaya mucho… de viaje. Les digo, son como todos los padres. Pero mis padres han adquirido un prototipo que, de pronto, los ha vuelto más afables. El prototipo se llama Rocky y es uno de esos gatos anaranjaralladosamarillos que tienen gracias a mi hijo.

Llega uno a su casa (la de mis padres, no la del gato) (que para el caso es lo mismo) y lo único que hacen es contar las últimas monerías del susodicho gato. Rocky es pequeñito, un bebé apenas, nunca he sido muy gatuna pero juro que éste le roba el corazón a cualquiera, especialmente por su peluda capacidad de hacer que un matrimonio de más de cincuenta años encuentre en él una nueva forma de convivencia.

Hay mascotas que separan. Y hay otras, como Rocky, que unen.

(también hay mascotas que orinan en todos lados y sacan el papel de la basura/ccp. Üma).

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