Enseguida Alice empezó a adormecerse, pero yo no. Yo oía el aire silbando entre sus labios.
– Alice
– ¿Philip?
– ¿Dónde acabo yo y empiezas tú?
Dudó.
– ¿Preguntas cuál es el límite?
– Me refiero a qué quedaría de mí si te fueras.
– No voy a irme. -Su voz sonó muy tranquila.
– Contéstame de todos modos.
– Quedaría todo de ti. Nada de mí. Yo me habría ido y tú seguirías aquí.
Era evidente que Alice quería dormir. Pero yo sentía como si dejarla dormir esa noche fuera igual que perderla.
– Tú me completas -dije-. No estoy seguro de existir en realidad, sólo cuando me observas.
No dijo nada.
– Si me dejaras, te llevarías tanto de mí que estaría dentro de ti, mirando lo que quedara de mí: la cáscara de Philip Engstrand abandonada.
Me miró fijamente desde el otro extremo de la almohada.
-Eso es muy bonito -dijo.
– Así que cuando noto cierta distancia entre los dos, es como si algo no funcionara dentro de mí. Siento un abismo interior.
Cuando Alice subió a la mesa, Jonathan Lethem.
