DEL CUARTO AL QUINTO

El de diez, mi preadolescente con tintes de madurez, está viviendo un momento altamente crítico. Tiene una maestra que se jubiló hace siglos y volvió al magisterio pero que apenas puede con su alma y tiene, como compañeros, a cinco niños que parecen salidos de Tiempos Violentos de Quentin Tarantino. Entre la semana santa real y la semana santa del virus ha perdido clases y ya de por sí el grupo en general estaba atrasado.

El caso es que cuando tu hijo de diez años te dice: me siento frustrado, siento que no he aprendido lo suficiente y que no estoy listo para pasar del cuarto al quinto, te dan ganas de llorar, de orgullo, de tristeza, de nosabesqué y le dices convencida: por supuesto que estás listo para el quinto grado.

Lo veo bajarse del carro, caminar con su mochila que pesa más que él mismo y pienso que parece que le pagan por crecer.

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