SÉ QUE ME RESISTO

Seré honesta, no soy una persona Navidad. Tampoco soy un Grinch, sí me gusta ese asunto de comprar regalos (a tiempo porque tiendas abarrotadas y grandes colas para envolver pueden llevarme a la histeria) (también perder algo en el carro, pero esa es otra historia); me gusta también, por supuesto, recibir regalillos y (ya sé que van a decir qué cursi) pero también abrazos (especialmente de la gente que quiero y conozco) (admito que recibir abrazos de quien no conozco o no conozco bien me saca muchísimo de onda) (y sí, esa ya es otra historia).

Anyway, a lo que iba. No soy una persona Navidad, ese asunto de la decoración: el arbolito, los foquitos, las guirlandas, las esferitas y demás (iba a decir madres pero lo dejaré en:) chucherías no son lo mío. Lo intenté, sí. Por lo menos los tres primeros años de los casi seis que tengo viviendo sola con mi hijo puse árbol de navidad. Siempre me quedaba para el lado de la fregada, pero lo ponía. Hasta que finalmente desistí y le vendí a mi hijo la idea de que no tenía caso poner árbol en casa ni decorarla porque a fin de cuentas la navidad la pasábamos en casa de sus abuelos y Santa llegaba allá con los regalos (claro, era la época en que mi hijo creía en eso de Santa) (aunque ahora que no cree igual sabe que los regalos estarán allá vengan de quien vengan). Así que el asunto de la decoración navideña (como muchas otras cosas en mi vida, debo admitir) las administra mi madre. Y, bendito sea, mi hijo lo comprende.

El colmo es que sí me gusta ver arbolitos. Sí me gusta ver las lucecitas brillar. (Pero detesto las series de luces que incluyen musiquita) (y no se hagan, muchos de ustedes seguro también las odian aunque finjan que no). A veces creo que hasta los monos de peluche (osos, renos, monos de nieve) disfrazados de rojo y verde me parecen simpáticos.

Así que sé que me resisto a la Navidad, pero no está TAN fuera de mi vida.

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