OOPS, THEY DID IT AGAIN

La culpa, como siempre, la tienen los de atrás. Los que ven el verde y aceleran sin pensar en que primero tiene que acelerar el que está adelante de ellos. Los que ven un ligero movimiento de llanta y aceleran sin pensar más que en avanzar y acabar con el cuello del conductor del otro auto. Sí, volvió a pasar. Un wey le pegó a mi carro. No, al carro no le pasó nada, un rasponcito. Me bajé, revisé, envié la peor de mis miradas al tipo que ni se dignó a disculparse o a bajarse de su auto y me fui.

Manejaba al infinito y más allá, oséase al Tec (que como algunos de ustedes saben está en el infinito y más allá de esta ciudad) y el dolor entre espalda alta y cuello, aumentaba, aumentaba, aumentaba.

No he ido al médico, realmente hoy es un día en que TENGO que estar aquí por un par de clases y una junta imprescindible. Luego, lo juro, voy al médico para que me diga lo que yo ya sé y me ponga lo que yo ya conozco tanto como a la palma de mi mano.

Me duele, pero no es el fin del mundo.

Tómese usted este post no como una persuasión a que usted sienta lástima por una sino simplemente como la catarsis de una, una con una vértebra ligeramente deslizada.

FIN.

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