El miércoles fui al cine.
Película argentina de Gael. Qué risa el acento argentino de Gael (me pregunto, por supuesto, por qué ese personaje argentino lo tiene que hacer un actor mexicano). Me sigo riendo del acento de Gael y entonces como el mecanismo de un reloj, la película comienza a dar giros, giros, giros… de pronto, la película es un retorcimiento total y para entonces mi pie se mueve con el nerviosismo de antes, siento que hasta he desarrollado un tic nervioso. Habían pasado ya más de 60 minutos y mi cuerpo entero me decía: salte de aquí.
Y me salí del cine.
Y yo nunca me salgo de un cine.
No sólo me salí, corrí, CORRÍ.
Dejé a significant one en un abandono total, ahí en ese cine. Lo bueno que traía carro. Lo malo que se enojó. Lo bueno que a fin de cuentas, entendió.
Manejé a casa sintiéndome mal, mi piel, mi estómago, mi cabeza. Ansiedad es la palabra. Y la conozco bien.
Sólo hasta que llegué a casa lo entendí: es el pasado, el problema es el pasado. No el mío, el de todos. No el pasado en sí, sino el hecho de que a veces nos lo traemos a vivir con nosotros, le permitimos la entrada, lo sentamos en la sala, le servimos café, lo escuchamos y nos dejamos llevar por él. Le permitimos hacernos presa. Y está ahí consonante, habitándonos. Ciega la posibilidad de un buen presente. Atropella un futuro afable.
Sí, era sólo una película. Pero, ¿qué necesidad tengo de ver en el cine lo que yo ya no quiero ver en mi vida? Así que si es necesario, me volvería a salir del cine o cerraría ese libro y buscaría -en casa, en la calle, en tus ojos- un presente, un futuro que mi piel resista.
