EL PUNTO CIEGO

Siempre he creído que existe un punto ciego. Siempre he creído que se le debe llamar así al espacio ese que existe entre tu carro y otro y que ni volteando ni con el retrovisor puedes ver. En ese punto ciego te crees solo en la carretera. En ese punto ciego no te das cuenta que hay un carro y que si te mueves un poco a la derecha podrías golpearlo, podrías sacarlo de la carretera. Podrías causar el accidente más triste.

Manejo en carretera a diario. Pienso en el punto ciego cuando estoy a punto de rebasar. Me digo: ¿Estaré en el punto ciego? ¿Estará velado otro carro, otra vida ante mí? Sí, me pongo un poco nerviosa.

Hoy he pensado que hay otros puntos ciegos. Lugares únicos que no puedes ver, no puedes sentir, no puedes saber. Que están ahí y que si te mueves hacia ellos podrías causarte el momento más triste del día.

ÚLTIMO

Este es básicamente mi último jalón para la maestría. Llevaré un seminario de investigación del 8 de enero al 2 de mayo y luego tarán: muchas gracias señorita maestra en humanidades (por supuesto, si todo sale bien). Se siente suave, creo que aprendí más en la maestría que en la licenciatura donde alguien seguramente me recordará sentada en el arquito noviando con aquel poeta. Juro que el renacimiento, el siglo de oro y los contemporáneos me pasaron de largo. Ahora no siento que ha sido así. Me descubrí como la nerdy de closet que siempre he sido cuando veía los programas de los cursos que iba a llevar y me emocionaba.

Pero nada, nada me emociona más que terminar por fin la &%$(?[# maestría.

DOS SEMANAS DE

Estas fueron dos semanas de completo reposo. Por primera vez puedo decir casi con gusto: ¡no leí nada! ¡no escribí nada! Convicción propia de no pensar en otra cosa que no fuera ¿dónde está la cobija calientita? ¿dónde dejé el control remoto? ¿qué vamos a comer hoy? Tejí no sé cuántas bufandas frente al televisor, que de la sala fue arrastrado a mi recámara, a cuenta de derecho y revés me eché no sé cuántas películas y series de televisión. El mejor sueño llegaba entre las nueve y las once de la mañana y el mejor desayuno a las doce. Estas fueron dos semanas de todo lo que no hice durante el dosmilseis (o casi todo, ejem).