PROSOPOPEYA Y VIDA

La prosopopeya, se ha dicho, es la figura que rige la autobiografía. Así, escribir sobre uno mismo sería ese esfuerzo, siempre renovado y siempre fallido, de dar voz a aquello que no habla de dar vida a lo muerto, dotándolo de una máscara textual.

 

Paul de Man, Autobiografía como desfiguración.

COMIENZA EL CONTEO

Hoy tomé 2 cervezas y una copa de vino. Suena a algo normal, ¿verdad? pero yo no había llegado a esa cantidad desde mayo de este año. Déjenme, tenía mis razones. Pero en esta ocasión, fuera del asunto patriótico tenía ganas de divertirme un poquín, de relajarme de pasarlo lindo. Además, comienza el conteo porque señoras y señores, dentro de cinco días cumplo años y cumplo muchos años.

 

OCTAVIA

Cuando la veo, sé que faltan unos metros para llegar a casa. La veo y la leo: Octavia. Fina, derechita. Octavia. El nombre de una calle se ha vuelto mi personaje. Ese letrero que veo a diario es, en mi mente, una mujer que camina erguida, delgada, puedo ver los huesos transparentes en sus manos, en sus hombros. Octavia levanta la ceja cuando le hablan, sonríe sin mostrar sus dientes. Se mira las uñas cuando está nerviosa, lo cual ocurre con mucha frecuencia. Octavia vive de miedo, los suyos y los de otros. A Octavia no le heredaron más que miedos. Por eso pasa la mayor parte del tiempo en su casa o en su jardín. Cuidar sus plantas es cuidarse a ella misma. Octavia está ahí, la veo, es un letrero, es una calle y es también una persona, yo la veo, yo la oigo, yo repito su nombre porque me gusta ese sonido que hacen la ce a lado de la te. Octavia.

LIBROS ACÁ, LIBROS ALLÁ

Anoche, ya me iba a dormir y se me vino algo a la mente que podía servir para otra cosa que tengo en mente. Me levanté, me fui a los libreros de la sala. Busqué y busqué. Estaba segura de que ese libro estaba aquí, si me lo traje, ¿qué no? Pero no, todos los anaqueles indican que el libro no está aquí.

Lo difícil, al mudarse, fue decidir qué me traía. Mi sistema de valores bibliotecario es indefinible. Eso sí extraño, la sensación de que todo esté en un lugar. Porque claro, cuando voy allá, me hace falta un libro que está acá.

Puf.

YOU LOOK ARTSY

He said. I almost see him everyday, we are this close to becoming friends. His job is to drive the university’s shuttle that i take. He is a talker, you know. The rest of the drivers are kinda serious. Not mine, he is funny, engaging. He asks and he listens. So far he has told me about his trips around the world, about the best way to prepare a bath after a long day of work. Today we talked about fiction and children. There is something about him. It is not only that he looks like my father but he behaves like one, a tender one. I must say, riding the bus became a new experience for me already.

ME DESCUBRÍ

Me dijo. Me descubrí. Y. Yo sé que se refería al velo. Y yo sé que se refería a su cabeza. Y  yo sé que hablaba de la tela, de la religión, de todo lo que ha sido. Pero yo, inevitablemente, traduje su “me descubrí” a otra cosa, a lo que es, a lo que hay.

Me descubrí, dijo. Yo lo descubrí.

COMIENZO A ENTENDERLo

Lo que hace Lolita Bosch en su La familia de mi padre. Una novela, se parece un poco a lo que Theresa Hak Kyung Cha hace en Dictée. Cuánta vida tiene que rememorar uno para darse cuenta de esto. No llegamos a ver una novela o un poemario, llegamos justo a la hora en que las autoras están haciendo su libro, estamos justo justo en el proceso. Descubrimos, casi al mismo tiempo, que las autoras. Tenemos la misma perplejidad por lo que surge. Ay, el  incesante escudriñar del pasado.

En ambos casos, escribir de la familia no es escribir de lo que se conoce, es escribir de algo en lo que se es una completa extranjera. Ni siquiera el idioma ayuda.

Me siento en mi silla negra, me apoyo en mi cojín unos momentos después de hablar con ella y pienso en aquella vez que escribí en mi novela: ¿cómo se sentirá hablar con ella por la noche? ahora ya vivo eso y todavía no soy capaz de explicar bien lo que se siente.

Pero comienzo a entenderlo.

ese día

Ese día me levanté temprano, manejé hasta el trabajo. Creo que llevaba café en el portavasos. Mi jefe que era ya un amigo, un mentor, veía la televisión en su oficina. Su cara de asombro, su silencio rotundo. La imagen de un avión, luego del otro. Dos torres caían el mismo año que yo misma había saltado, había huído de otro tipo de incendio. Mi salto no se compara, no hubo en realidad pérdidas. Ese día, lo recuerdo bien, sentí humo en la garganta.

NY

No importa cuánto tiempo lleves aquí, eres neoyorkino desde la primera vez que dices Aquello era el Munsey’s o Allí estaba el Tic Toc Lounge. Que antes de que planificaran ese café internet, solías arreglarte la suela de los zapatos en el negocio familiar que ocupaba ese mismo lugar. Eres neoyorkino cuando lo que estaba antes es más real y está más vivo que lo que hay ahora.

Colson Whitehead, Nueva York