Se ha vuelto un lugar al que volvemos cuando cerramos los ojos. Pensar en ese lugar es una versión kinky de Dorothy cuando piensa en Kansas.
O algo así.

Espacio de Ocio y Escritura de Sylvia Aguilar Zéleny
Se ha vuelto un lugar al que volvemos cuando cerramos los ojos. Pensar en ese lugar es una versión kinky de Dorothy cuando piensa en Kansas.
O algo así.
Me despierto. Abro los ojos. Me digo, son las cinco am sylvia qué haces despierta. Me recuerdo a mí misma: pues te dormiste a las 10 pm, qué esperabas. Me levanto, voy al baño, tomo agua, vuelvo a la cama. Mando un correo. Hago una meditación. Cuando menos pienso ya son las 630 am. Despierto al hijo, desayuno, uniforme ¿ya te peinaste? y luego en el silencio de las 730 am aquí, en esta casa, se comienza a escribir.
Para traducir a Maggie Nelson necesito más que un diccionario. Necesito comprender mucho más que lo que hay en cada página. Me he puesto a releer su otro libro The Red Parts y como siempre a cada fin de capítulo me quedo con una sensación dulceamarga. Pero de pronto las partes rojas no son suficiente, o más bien, sus partes rojas -las de la autora- no son suficiente.
Mi mente requiere más.
Qué triste es que para entrar en el universo de este poemario yo tenga que leer un libro que se llama The Michigan Murders. Qué triste es que tenga que existir un libro que se llama The Michigan Murders. Qué triste es que Maggie Nelson haya tenido que escribir este libro. Qué triste es que su familia haya tenido qué vivir estas partes rojas de un mundo que comprendo cada vez menos.
“WHAT follows is true.
A few years ago, a normally peaceful mid-American community was wracked by a succession of inexplicable murders. The victims -seven young females- ranged in age from 13 to 23; each killed with unspeakable savagery”.
Los viernes son mis días libres. Hoy tenía que hacer un trámite y después de eso me largué a caminar un rato en el centro. Me detuve en un aparador de botas vaqueras (don’t ask) y de pronto de esa tienda salió una señora. En su mano derecha, casi a rastras llevaba una bolsa negra llena que, por un lado, con letras grandes y blancas decía: STRONG MOMS.
Me quedé ahí parada viéndola caminar hasta la otra esquina. Venía con un jovencito que bien pudo ser su hijo y que no cargaba ni llevaba absolutamente nada en sus manos. No necesitaba, supongo, él es uno de esos hijos de madres fuertes que, a la larga, se consiguen una esposa de manos fuertes que, a su vez, se convierten en mamás fuertes.
O a lo mejor yo soy muy azotada.
La primera vez que oí la frase “lavar ajeno” me sonó a cosa maligna. Por supuesto, debo haberlo escuchado en alguna telenovela tipo Colorina o Los ricos también lloran. Algo tiene la palabra ajeno que la hace inquietante.
Hoy me di cuenta de que tengo prendas de otras personas por unas u otras razones. Una camiseta por aquí, un suéter por allá, etc. Entre las cosas que se olvidan, las cosas que se prestan y se olvida devolver y los intercambios una se hace de ropa y de historias.
Tengo, además, mis tesoros. Una camiseta de Placebo de Gabriela. Una sudadera que dice Princess de Natalia. Una chalina que mi hermana usaba para cubrirse el cabello en los noventas.
De seguro hay más. Vestir ajeno es vestirse de pasado, de historias, de recuerdos. Es vestirse de amigas, de familia, de las personas que alguna vez.
Y jueves de recuperación: té, pan tostado, té, una aspirina, agua, té.
Pero la breve sonrisa de la malportadez: toda mía.
Quizá no destrozaré el sueño de alguien. Quizá si alguien me leyera encontraría discordancias. Una escritura de partes cortas, angosturas sin mucho orden, un coleccionismo de lugares no consecutivos, cuadros de algún género, otros de figura híbrida, un estilo propio, un hablar chocante, escenas apuntadas en una Waterman’s ideal fountain pen y compuestas con la máquina de escribir Erika, una lista sin orden, de pinturas azules, de pinturas ocres, un salto de fe, etcétera.
De Los días sentimentales, Nicolás Peyceré.
el texas journal lo tengo abandonadísimo, hace dosmilmillones de años que no escribo nada en él, como que todo lo texano está tan en mi vida entera que ya no necesita una página aparte. el hambremucha.com pues también tiene hambre mucha punto com porque tampoco he subido recetas (lo cual deberían lamentar más ustedes que yo porque he preparado cosas exquisitas y ustedes están sin saberlo y sin poder copiar la receta). mi libreta fiucsa que inicié usando como diario y luego se convirtió en vil libreta de apuntes está también extrañándome. el caso es que este asunto de las/mis escrituras alternas se llenan de polvo igual que el ático de esta casa.
¿me lamento?
no mucho en realidad porque cuando uno deja de hacer cosas porque la vida le da otras actividades igualmente o máximamente ricas pues no hay por qué quejarse. aquí es cuando les digo que tengo dos semanas como maestra oficial de yoga en la universidad de texas. dos días a la semana, clases de una hora. sumémosle la clase de escritura creativa que doy y tiene usted como resultado una mujer que anda de arriba para abajo con mente y cuerpo todo el día.
y me gusta.
además, no todo hay que escribirlo.
El sábado de cine universitario me dejó hecha trizas. Me vi una película de la que sabía tan sólo unas pocas cosas. Ese hilo autobiográfico que tanto me apasiona, cómo hacer lo propio algo ajeno en una historia bien contada. Había una madre, había un padre, había un novio, había un hijo, había una chica, había un perro.
Había, también, amigos, esos que le dicen a Oliver “the marker and the paper are not your friends, we are your friends, be friend of your friends”. Había graffiti. Había cuartos blancos de ventanas grandes, había cuartos a los que uno se mete para escapar a veces. A veces.
Había amor. Me gusta cuando hay amor y éste no es predecible.
Lloré tanto. Ese llanto dulce, ligero, que está ahí y que te recuerda quién eres, por qué estás aquí y a dónde quieres ir. Lloré como principiante, no hay duda.
Los martes, después de mi clase, me despido de mis alumnos y me voy a un cafecito en la universidad que tiene grandes ventanales. Saco mi bolsita de zanahorias y me ordeno un té y un bagel con queso crema. La oferta del mes es el pumpkin bagel. Me acomodo en mi mesita, saco mi compu o un libro y contesto correos o leo. Todo depende de los pendientes del día. Se ha vuelto una rutina. Una rutina bonita, el momento único de la semana en que siento que estoy completamente en mí. Hoy que dije en voz alta: a veces siento que no estoy en mí, me acordé de esto y pensé que si tengo esto, tengo muchas cosas más, es cuestión de acomodarse. A veces el trabajo, la escuela, el hijo, la casa, el gato me absorben en cantidades no-degradables. Supongo que ahora todo lo que tengo que hacer es pensar que ya llegará el martes con todo y su pumpkin bagel. Y cuando se acabe esa temporada calabacienta, pues ya vendrá otra.