Desde pequeña le he tenido horror a los domingos. Era justo en domingo cuando tenía que hacer todo lo que no había hecho en la semana. Era justo en domingo cuando nomás caía la noche y yo estaba sin pelar ojo. Era justo en domingo cuando recordaba algo que tenía caducidad o el día anterior o a temprana hora en el siguiente.
Un día (tal vez un sábado) (tal vez entre 2010 y 2011) hablé con los domingos. Les levanté mi dedito índice y les dije: se me calman ya. No funcionó inmediatamente, todos sabemos que los domingos tienen voluntad propia, malos modos y le dan a uno actitud. Pero poco a poco fueron aflojando.
Mis domingos en los últimos meses siempre traen sorpresas, cosas raras como la poesía o el descanso. Incluso cuando traen proyectos interesantes, son bastante buena gente. Quién los viera.
Este domingo, por ejemplo, me regaló una larga llamada desde Idaho, un poemario neoyorkino, la traducción y su oficio, varios tés, una lluvia dulce y un hijo que cierra la noche preguntando si puede él también intercambiar reiki para que Cheryl le dé un anillo para regalarme en navidad.
Lo digo: domingos, ya no les temo.
