Voy todos los domingos. Me llevo mi carga de ropa de color y de ropa blanca, jabón, monedas y un buen libro. Meto dos lavadoras y me siento a leer. Leo y no. Porque de pronto el Laundromat en Rio Grande se vuelve en sí mismo una narración. Están ahí el padre de unos 70 años y el hijo de más de treinta. Se toman turnos para meter, para sacar, para doblar. Por otro lado, una señora con sus dos hijas adolescentes que alegan quién manchó esta blusa y quién es la que siempre usa aquel pantalón. A veces llega el señor con traje, corbata y maletín que vende, créanlo o no, tacos y tortas a dos dólares. Está, siempre de fondo, la música de Juan Gabriel o de Paquita la del Barrio. En ocasiones hay algún chico que mete tres prendas, las lava y las seca, no las dobla. Se mete al baño y listo: sale uniformado. Hay una señora que tira monedas otra más que las atora en la lavadora, una más que trae un bote de té helado lleno de ellas. Siempre hay un niño que llora, otro que ríe. Alguien que lee el antiguo testamento y otro más busca trabajo en El Diario de El Paso.
El laundromat es, todo él, un lugar donde se acumulan historias y personajes. ¿Quién seré yo ahí?


