Uno nace con familias y uno hace familias. No hay más.
Ayer mis mejores amigos en esta ciudad y yo nos fuimos a comer al famoso Carlos & Mickey’s, el de casi trece preguntó cuál era la ocasión, dijimos que el deseo de pasarlo bien. Apenas nos sentamos y escuchamos gritos y mañanitas que los meseros cantaron a algún cumpleañero. El de casi trece dijo: ese debe ser el momento más vergonzoso, que te canten y todos te vean y tú no sepas qué cara poner. En la mesa hubo un silencio, el silencio de quienes saben que en un rato más eso mismo ocurrirá aquí porque existía ya el encantadordiabólico plan de festejar anticipadamente el cumpleaños del de casitrece pues el mero día de su cumple él y yo estaremos fuera de Texas.
Y bueno, en la mesa todo era risa y charla y de pronto los meseros se acercaron con un globo, con un postre y con las mañanitas. El de casitrece no se veía avergonzado sino conmovido, sus ojos eran lágrimas, su mirada era de sorpresa, su carita roja, sus ganas de llorar, su incapacidad de decir nada, le veíamos el nudo en la garganta a leguas. Nunca-nunca-nunca imaginé que lo tomaría así. Nos abrazamos y las lágrimas no se iban, la emoción se quedó sentada en el pequeño y flaquito cuerpo de mi hijo. Nunca-nunca-nunca lo había visto así. Me dijo gracias, me dijo qué pena y yo que dije que era vergonzoso, me dijo qué hago con el globo, me dijo gracias, me dijo qué lindos todos.
Mis amigos uno a uno lo abrazaron, uno a uno le ofrecieron ese cariño enorme que en tan poco tiempo desarrollaron por él. Mis amigos, hace tiempo, son también sus amigos. Escribo esto y mi jotez me hace un nudo en la garganta de nuevo. Fue tan bello, tan emotivo.
Lo repito: uno nace con familias y uno hace familias. No hay más. A nosotros nos gusta la que hemos formado él y yo y la que hemos formado con nuestros amigos. Les debo la foto, la hermosa foto de un abrazo entre madre e hijo.