Estas dos semanas han estado llenas de todo. En la clase de español estoy (y están mis alumnos) a punto de alucinar el chingado subjuntivo y en general todas las conjugaciones verbales. ¿Cómo es que algo que usas a diario es tan difícil de explicar? Sólo deseo que lo lleguen a entender y lo sepan utilizar como se debe.
Saliendo de clase me voy al café o a las mesas del Union de la universidad a trabajar con la tesis. Dos secciones del poemario están ya traducidas por completo (en greña, eso sí). Hoy he decidido terminar la tercera parte antes de ponerme a releer y a hacer anotaciones con la cuarta. La cosa va bien pero estoy atoradísima con un poema, con un verbo, con un adjetivo: gusher, gushing, no hay -aún- palabra en español que le dé justicia a lo que Maggie Nelson quiere decir. Estoy trabajando a mil por hora, entre 5 y 6 poemas a diario (repito, repito: muy-en-greña, ya habrá tiempo de peinarlos monos).
El té rojo y el té verde siguen siendo mi compañía, uno por la mañana, otro por la tarde. Es curioso cómo uno u otro me brindan una sensación diferente. El uno enciende la mañana, el otro la relaja, la vuelve suave, la desenreda. El té se ha vuelto el pretexto para sentarse a leer, escribir o para ver la tarde desde las escaleras. Y es ahí, en las escaleras, a las 8 de la noche cuando aún -créanlo o no- hace un sol texano que me ha dado por prender un, UN, cigarrillo mentolado. La cajetilla se acabó ayer y no pienso comprar otra pero fue divertido ser otra por unos días.
Le robo al día, a las noches, a las tardes, ratos pequeños para leer un otro capítulo de Tocarnos la cara de Belén Gopegui -mi narradorapoeta del verano- la leo con el nuevo disco de Fiona Apple de fondo. ¿Qué ha salido de ello? un par de anotaciones breves para un proyecto que antes era cuentario, luego se volvió novela y ahora es una combinación de ambos.
Les digo, estas dos semanas han estado llenas de todo y eso que aún no les cuento lo mejor pero de eso ya habrá ocasión.


