Heme aquí escribiendo desde Cliff Drive. Han sido días durísimos entre vaciar una casa y llenar otra. Editar la vida de una no es cosa fácil, ¿qué se va, qué se queda, qué sigue aquí desde el año 0 y por qué? etc etc etc etc. En Cliff Drive hay más espacio, más frescura pero menos movimiento. Voy a extrañar sentarme en los escalones de la casa de Arizona Avenue con una taza en la mano enterándome de la vida en la calle. Voy a extrañar no tener vecinos que hablan hasta por los codos, como la señora del departamento 2 que habla como si no hubiera más que hacer en la vida, pero no debo quejarme, a cada rato nos regala algo, ¿será que tenemos cara de chicos salvados por la unicef? Su marido es el clásico señor gruñón y simpático. El otro día nos dijo: ese sillón pesa más que un mal matrimonio. Risas del público.
El punto es que voy a extrañar cosas de allá pero comienzo a entrañar cosas de acá. Mi habitación es enorme y caben mis libros, mi escritorio, mi cama, mi tocador, el pupitre que me dio Cheryl y cabe mi nueva vida, mi gran decisión.
En Cliff Drive comenzamos una nueva aventura este lunes, un poco antes de lo planeado, pero creo que a los casi 39 me puedo dar el lujo de dar este brinco que no es al vacío, lo hago con la confianza de quien ya hasta se subió en un globo y que sabe que no pasa nada.

