EL RELATO COMO BUNGALOW

Prólogo a Ya no te necesito:

“… en Estados Unidos prestamos poca atención a los relatos (…) que son vistos como productos improvisados en el extremo inferior de la escala de magnitud, digamos como los bungalows en el mundo de la arquitectura. Pero la verdad es que preferiría que no se alterase esa actitud. La relevancia que se concede a la grandiosidad nos deja esta forma de arte en la que el escritor aún puede ser tan conciso como su tema realmente requiera. En el relato breve no tiene que decir más de lo que sabe en aras de la forma. Hay en el relato un tono de voz que, en medio de la presuntuosa grandilocuencia de nuestros días, aún invita a quien lo desee a decir o soltar su verdad de una sentada”.

Arthur Miller

TUPPERWARE GENERATION

En la oficina hay un refri de esos enanitos. Ahí es donde los profesores guardamos la comida que habremos de empacarnos al mediodía. Esa cosa fría y pequeña ha sido el vertedero de los mayores conflictos aquí.

1. Hace dos años, durante una junta, una profesora dijo que alguien robaba del refri. Fue específica con la cantidad de tupperwares que con todo y contenido le han sido hurtados. Creo que estuvo a punto de decir ¡cabrones!

2. El año pasado el conflicto era que metían su comida con todo y loncheras y era un lío meter y sacar la comida. Algunos incluso ni siquiera alcanzaban lugar en la mañana. “Meta sólo su toper ware (sic)” decía un mensajito.

3. La semana pasada el conflicto fue que había un exceso de tupperwares con y sin comida (!) y los tupper con comida mostraban alimentos con vellitos y hongos: símbolo inequívoco de su vejez.

4. Esta mañana, me costó mucho trabajo tomar valor para meter mi tupperware en ese refri. Estoy reconsiderando mis horarios y hábitos alimenticios.

5. ¿No habrá pronto tupperwares autorefrigerados?

STORAGE

Somehow these walls became a storage. People come and leave here what is useless. Boxes of problems, envelopes with sorrow and grief. Loads of pain. People would leave anything that is heavy on shoulders and soul.

Then, they leave.
Satisfied costumers.

But this storage is now on strike. No admittance.

Be aware.

LA CASA DE LAS SILLAS Y LAS LÁMPARAS

Mi casa es un huevo. Es pequeñita. Liliputiense casi. Dos mini recámaras y una sala-comedor-cocina-cuarto de tv. Un baño y medio pasillo. No me quejo, a mí me gusta mi casa, la cantidad exacta de ventanas, víveres y muebles. Bueno, no, en eso de los muebles la cosa es rara. En los últimos ajustes (léase: me llevé los libreros de rueditas a mi habitación-estudio) descubrí que tengo ocho sillas. OCHO. Somos sólo dos personas y tenemos ¡ocho sillas!! No sólo eso, tenemos seis lámparas. SEIS. Somos sólo dos personas y tenemos ¡seis lámparas! ¿Cómo llegamos a esa cantidad? Es un misterio.

Nunca las hemos puesto a todas en hilera, a las sillas. Nunca hemos prendido todas al mismo tiempo, a las lámparas. Nunca hemos puesto las seis lámparas sobre seis de las ocho sillas. Tampoco hemos iluminado las ocho sillas con las seis lámparas. Pero la próxima vez que me propongan hacer una instalación adivinen qué usaré.

No, no vendo ni las sillas ni las lámparas, I’m broke pero no tanto.

p.s. Mientras escribía esto recordé que tengo cinco tapetes. Tampoco están en venta, por cierto.

QSO

Lo he comprendido, The Quantic Soul Orchestra no es para escucharse en la oficina. Su función debería ser acompañarlo a uno por la carretera, en el mar, sentado uno sobre una tumbona con un té helado o una cerveza bien fría en la mano derecha y un buen libro en la mano izquierda.

A The Quantic Soul Orchestra se le debe oír con unas gafas de sol encantadoras y una blusilla de tirantes. Con las mejores sandalias del mundo para mover el piecito con el dulce y suave soul de los cuánticos.

LOS LIBROS EN MI VIDA

Creo que mis hábitos de lectura surgieron un poco por curiosidad un poco por genética. Mi madre es profesora, mi casa siempre fue un lugar con muchos libros. Estaban ahí, ¿cómo no…? Pero no puedo mentir y decir que soy una lectora temprana. Jamás diría que leí Cien Años de Soledad a los 6 años y… o que a los 9 me parecía que Marcel Proust… No, nada de eso. Fui una lectora tardía y rara.

Recuerdo un libro de cuentos infantiles, viejísimo. ¿Acaso de mis hermanos o más aún, acaso de la infancia de mi madre y mi tío? Recuerdo un cuento: Azulita rompetacones. Después Las mil y una noches. Luego viene un libro fundamental en mi preadolescencia. No, no fue Demian ni el Lobo Estepario. Eran las aventuras de Sherlock Holmes. Pronto las aventuras se acabaron y llegó a mi otra novelilla: El prisionero de Zenda, ¿de quién? Llegaron las biografías: de María Conesa a Isadora Duncan pasando por la Woolf y otro par de suicidas.

Supongo que luego las cosas tomaron su propio orden (que no natural) pasé de Salinger a José Agustín (al que jamás volvería). Llegó Pacheco. Pasé, por supuesto, por las páginas de la Isabel Allende de La casa de los espíritus y de la Mastretta de Arráncame la vida. Me hicieron leer Juan Salvador Gaviota. La mañana debe seguir gris es de esas novelas a las que me gustaría volver. Llegaron los amores en los tiempos del cólera, los cien años. Llegó Joyce. Descubrí el mundo con Dublineses. Faulkner y Hemingway. Barthelme. Luego llegaron los rusos. Los franceses, españoles, norteamericanos, argentinos y cuando menos lo imaginé el tiempo había pasado y yo ya me había graduado en una licenciatura en letras.

Me encuentro años más tarde con un estante con turcos, marroquís, austríacos, sudafricanos, húngaros y toda una rareza de autores a los que ignoro cómo llegué.

Cada libro representa un momento. Hay libros a los que volvería, libros a los que no. Libros que siempre. Escribo esto porque leo Las películas de mi vida de Alberto Fuguet, y de Fuguet y de esta novela pueden decir lo que sea pero nadie puede negar el dejo de nostalgia por las películas o en este caso, los libros de la vida de uno que despierta el autor.

Básicamente podría escribir un post sobre mi vida con cada libro que leí.

Pero, claro, no lo voy a hacer.

CRÉDITO

Después de las carreras, después de dos semanas de lee y lee, escribe y escribe pude tener un fabuloso fin de semana. Me levanté como mínimo a las diez de la mañana sábado, domingo, lunes y martes. Mi casa no había lucido tan limpia y arreglada desde enero. Mi vida no había lucido tan tranquila y arreglada desde nunca. Seguramente el medicamento debe llevarse su crédito, pero no le neguemos el suyo al puente, a la quincena, al buen humor del hijo, al vino con la trejo, a los hot cakes de mamá, a las pizzas y a los juegos de mesa con los aguilar, a los brownies con las godoy, al control remoto, al té helado, a las páginas de Fuguet, a las tostadas con picadillo, al aire fresco de las seis de la tarde.

Estos son los créditos que me gustan.