NO SÉ SI CASARME O COMPRARME UN PERRO

No se me asusten, ese título no es algún tipo de indecisión que esté cruzando mi mente, al menos no por el momento. Se trata de una novela que estaba leyendo hace unos meses y que perdí en algún lugar de mi universo. Pero hoy apareció en el librero de mi oficina, estaba escondiéndose de mí, probablemente sabía que sólo hasta ahora con el verano bien aterrizado en nuestras vidas (el muy desgraciado) yo podría ponerle la atención que se merece. Es una novela de la argentina Paula Pérez Alonso, narradora y periodista (a veces cuando digo eso, en ese orden siento que se trata de un eufemismo). Es divertida y conmovedora. Es una joyita perfecta para acompañar cuando una tiene que estar en reposo con el /&%$· collarín lazándole el cuello.

Y aunque yo no vivo esa disyuntiva pues tengo claro que no quiero casarme y que no quiero comprarme un perro sí puedo decir que yo: no sé si tener un amorío o comprarme un gato.

(turrumps)

¿LES HE HABLADO DE ELLOS?

Son mis amigos, mis nuevos amigos. Los que, sin saberlo, me han sacado de muchos rollos, de muchas necedades (el amor, uno de ellos). Son mis amigos, los que no saben que me cacharon en el momento justo, cuando yo no sabía a dónde voltear porque había optado por algo importante en mi vida. Los que llegaron e hicieron de los meses que se supone que debían ser un duelo de unos meses tranquilos, de risa, de aprendizaje, de afecto, de ese afecto único que se puede sentir cuando una red de hombres está a tu lado para cuidarte, para escucharte, para hacerte recordar que la vida es mucho más, que hay más en ella y que te bajas de un tren para subirte en otro y qué divertido es este otro tren, un tren que nos detiene a cada rato a comer.

¿Les he hablado de ellos? son mis amigos, tres de base, tres que están a un click de distancia o a una llamada. Tres amigos que no sólo son la mar de ternura sino que también son admirables en muchos sentidos. En ellos la solidaridad, el afecto, la risa oportuna, el regaño, la memoria. Muchos tenemos amigos pero pocos, muy pocos tenemos amigos que, además, admiramos. En ellos el sistema, el viaje, la foto, el sonido, el beso y el apretón de manos, el abrazo y la palabra.

No, no les he hablado de ellos, no lo suficiente pero es que a una le enseñaron a no ser presumida y, hablar de ellos, es presumir.

BROWNIES ARE NOT THE SOLUTION

No, brownies are not the solution when you are sad or brokenhearted or just with a severe damn neck-ache. No, brownies are not the solution but oh hell, how good do they taste, how good does it feel to have seconds of chocolate pleasure to heal.

PERDER (relato)

La noche que te conocí, Iliana, comencé a perder. Perdí la cabeza, perdí el rumbo. Perdí el carácter Iliana.

Yo no era así. Fumaba sólo en la mañana, después del café y pasaba el resto del día inventando los mejores crucigramas para el periódico en que trabajaba. Cuando menos pensaba ya eran más de las seis y caminaba a casa. Compraba algo de cenar y me encerraba a ver algún partido de tenis o de futbol o a escribir esos proyectos que algún día serían reconocidos y me llevarían de viaje por el mundo. Eso era lo único que yo quería, dejar esta ciudad y viajar por el mundo. Ser nadie en otro lugar.

Pero llegaste tú, Iliana.

¿Qué hacía yo esa noche en ese lugar? Si yo no salía, te lo he dicho, yo no salía de mi casa. Pero ellos insistieron, siglos de no vernos, siglos de inventar excusas para no beber cerveza y escuchar las mismas historias de los compañeros de la universidad. Y ahí estaba yo y ahí estabas tú. Te me acercaste y a mí nadie se me acerca. Me pediste un cigarro y te digo, yo breve fumador, no tenía ni qué ofrecerte. Comenzamos a hablar, me hablabas de las formas que observabas en tu microscopio. Plasmas de colores. Hablabas de ello como si se tratara de pintura abstracta. Te llevé a mi casa, yo, yo te llevé a mi casa, Iliana. Y no volviste a salir de ahí.

Hasta que saliste de ahí.

Pasaba las noches observando tu sueño, la unión esa entre tu cuello y los hombros, la forma en que acomodabas ese mechón de pelo tras la oreja, tus uñas redondas y cortas. El dedo pequeño del pie. ¿Qué tanto ves? me decías sonriente al principio. Te hablaba de mis planes, te regalaba mis planes, vámonos juntos, te decía, el mundo como plasma. Te reías. Tonto, me decías, eres un tonto. Y yo pensé que bromeabas.

Pero lo creías de veras, que yo era un tonto y que tú no te irías con un tonto. Dejaste el cuarto, dejaste la casa. Me dejaste a mí y yo me dejé a mí.

Fumo una cajetilla diaria, Iliana. He dejado de hacer crucigramas. Me encargo de las esquelas en un periódico mucho menos importante que el otro. Se requiere un tipo solitario y sin entrañas para escribir algo así. Camino a casa por las noches y me detengo siempre en ese bar, con la esperanza de encontrarte o de encontrar a una mujer como tú, una que me permita recuperar lo que perdí.

Porque la noche que te conocí, comencé a perder.

LOS PLATOS ERAN ENORMES (RELATO)

Los platos eran enormes. Infinitos. Mamá sirvió puré, carne y verduras cocidas. Cantidades gigantescas. Montañas enormes de comida. A comer, dijo. Nosotras mordiéndonos el labio, escondiendo las manos dentro de las mangas, agachando la cabeza. Intercambiamos miradas. Ninguna de las dos dijo nada.

Ella acercó nuestras sillas para evitar el aire entre cuerpo y mesa. La madera nos oprimía el pecho. A comer, dijo. Miramos el plato: ni el puré ni la carne tenían el mejor aspecto. Siempre habíamos odiado los chícharos. Las zanahorias eran amarillentas. ¿Cómo tomar el tenedor? ¿Cómo atreverse a probar eso? Mirábamos y mirábamos la comida para desaparecerla. Mirábamos y mirábamos y la comida seguía ahí. Viéndonos de frente.

Como mamá.

A comer, insistió. El tono era otro. La mirada era otra. Mamá, era otra. Tomamos los cubiertos. Deslizamos la comida como antes nos deslizábamos por la calle. Acomodamos porciones pequeñas, pequeñísimas, en el tenedor. Hacíamos como que sí, que comeríamos, que qué rico.

Mamá iba y venía. La casa toda era el sonido de los hielos en su vaso, sus tacones sobre la duela. Fue a la sala, puso un disco, el disco, a repetir la canción de siempre. Cantar. Volvió al comedor y descubrió platos intactos y quijadas quietas. Dijo: a comer.

No había salida.

Comenzamos. Cortar un poco de carne. Tragar un poco de puré. Empujar los chícharos a la orilla del plato. Rozar las zanahorias. Abrir la boca. Cerrar la boca. Masticar. Masticar.

Masticar era un juego extremo.

El tiempo se extendía como el mantel sobre la mesa. Las zanahorias, el puré, los chícharos eran eternos.

Hasta que nuestra lentitud la exasperó y, de pronto, su cuerpo, su mirada, su voz… todo en ella, rabia. Pura rabia. ¡Dije que a comer! Golpeó la mesa. Nuestras caras. Nuestro miedo. Nuestro encierro.

Lo siguiente ocurrió así: Tiró su vaso, hielo y cristal se confundían sobre el piso. Arrebató mi tenedor, colocó carne, puré y verduras, me urgió a abrir la boca, grande “más grande”, y metió todo. Luego tocó el turno a mi hermana. “Abre, abre”. La misma operación muchas veces. Demasiadas veces. Tantas veces. “Van a comer porque van a comer”, nos decía.

Ninguna de nosotras dijo nada. Ninguna de nosotras miró a la otra. Ninguna de nosotras le recordó a mamá que eran las once de la noche, y que ya nos había dado de cenar lo mismo hace dos, tres, cuántos días.

Los platos, eran enormes.


BOURGEOIS y los cuerpos vulnerables

Recién me entero que hace unos días murió Louise Bourgeois a los 98 años, no debo ser tan buena persona porque en lo único que pienso es en sus manos, las manos que le dieron forma a tantas y tantas esculturas que una y otra vez delinearon la figura humana, el cuerpo vulnerable, el cuerpo constreñido, el cuerpo que se hunden ante la rabia del mundo y sus caos todos.

Dueña de una obra siniestra y encantadora, ajena y propia, Bourgeois construye en madera, metal y arcilla el sentir humano o la negación del mismo, cada figura es una reconstrucción de presente, pasado y futuro, de la psique herida del ser contemporáneo. El ser que se hunde, que sufre, que es decapitado, que se aísla o bien que se entremete entre otros cuerpos para sobrevivir.

Los cuerpos vulnerables de Bourgeois son lo que queda de esas manos en las que hoy, no puedo dejar de pensar.

HERE COMES YOUR PIXIES

Here comes your man

Pocas veces tomo decisiones a la ligera, normalmente pienso y pienso y pienso y mido y hago una lista de los pros y los contras pero cuando me dijeron que el 24 de septiembre Pixies estaría en Arizona no lo pensé dos veces, así que con gusto os digo que ya tengo mi boleto, que voy con cuatro personas extraordinarias y que cantaré, bailaré y seré sumamente feliz.

GUESS WHO…

Feels like crap and looks like an old mop while staying at home in bed?

weeell, meeee!

pfff.