¿Y a quién invitaron a enviar cuento, crónica, reseña, algoloquescriba para que recorra los pasillos de El Laberinto?
Pues a mí, con todo y mi chaparrez y mi testarudez de toro húngaroespañoloaxaqueñosonorenso.

Espacio de Ocio y Escritura de Sylvia Aguilar Zéleny
¿Y a quién invitaron a enviar cuento, crónica, reseña, algoloquescriba para que recorra los pasillos de El Laberinto?
Pues a mí, con todo y mi chaparrez y mi testarudez de toro húngaroespañoloaxaqueñosonorenso.

Me gusta cuando descubro. Música, autores, billetes en los pantalones que voy a lavar. Ahora me siento entusiasmada porque descubrí a Balthus en dos de los museos que visitamos en diciembre. Volví a casa con este cuadro en mente. Es mi avatar en FB. Me he puesto a leer sobre él y me ha gustado aún más. Cómo no iba a gustarme un pintor que le dio por decir que era el hijo ilegítimo de Rilke, un conde polaco, pariente de los Romanov o incluso pariente cercano de Lord Byron. El primero en comprar su obra fue Picasso. Ha sido uno de los pocos artistas que vivió para ver sus cuadros colgados en el Louvre. Sus cuadros lo hacen pensar a uno en las niñas que fotografió alguna vez Carroll. Al segundo, sabemos, le gustaban las niñas. Balthus, en cambio, presenta a niñas que se muestran sin saber a ciencia cierta qué y a quién se muestran. Descubrir a Balthus es eso: descubrir.
Lo que se hace en estos casos es lo siguiente: llamar a una buena amiga, decirle y escuchar, comer chocolates, cambiar las posibles lágrimas por sonrisas y planes. Tomar lo bueno, lo aprendido, lo una vez amado.
Si cometes un error la primera vez, no estés preocupado por ello. Preocúpate si lo repites una segunda vez.
Si haces algo bien la primera vez, no te enorgullezcas al respecto. Enorgullécete si lo repites una segunda vez.
Hoy, enfócate en un buen hábito que quieres repetir y en un mal hábito del que te quieres deshacer.
Esta ha sido oficialmente una semana de locos. Por una u otra todos los días he llegado a casa mucho más allá de las 9 pm. Una noche tuve niñera y tenía la posibilidad de salir pero fue más tentador aterrizar en el colchón con las 3 mil cobijas y los calcetines bien puestos para ver un programa que ya vi pero que me hace no pensar en nada maravillosamente.
Tengo muchos, claro, pero estos dos requieren ser eliminados de inmediato porque afectan mi desempeño profesional, físico y en una de esas hasta emocional (nota de la autora: siempre había querido usar la palabra desempeño en mi blog).
1. Cuando llego a la oficina y me siento, me quedo en la orillita de la silla, sí en la meritititita orilla, para alcanzar el cpu (que está abajo y no me pregunten por qué pues no fue decisión mía). Es un movimiento que debería ser veloz: sentarse en la orillita, prender el aparato y luego desplazar mi trasero (que no es enorme pero es veraz) y mi espalda hasta el fondo de la silla y quedarme cómoda. Pero no, no lo hago. A veces pasan horas antes de que me dé cuenta de que estoy mal sentada y me doy cuenta porque comienzo a cansarme y eso cuando me doy cuenta de que estoy cansada porque a veces ni eso noto.
2. Sentada en la orillita, alcanzo mi estuche de lentes que está en mi maletita de maestra cool, que pongo en el piso (eso sí, por decisión propia pero además porque no hay otro lugar práctico dónde ponerla). Lo pongo en el escritorio y se queda ahí hasta que me doy cuenta de que no me puse los lentes y claro que me doy cuenta cuando comienzan a arderme un poquito mis ojitos húngaros herencia del tata. A veces hasta tengo la elegancia de sacarlos y limpiarlos pero no me los pongo.
El caso es que yo, en lugar de decirles mis propósitos más gordos para este año les comparto que voy a sentarme concha y comodotamente desde las 7 am y que estaré con los lentes bien puestos desde esa misma hora, forever and ever.
Me perdía entonces por la ciudad tan completamente como no he vuelto a después perderme, ni en ella ni en ninguna otra, sin distinguir los puntos cardinales y sin la menor idea de lo que podía encontrarme al doblar una esquina, con esa ebriedad hecha a medias de asombro desmedido y cansancio, del impacto causado por la escala de las distancias, las alturas, los puentes, las multitudes, los ríos. Echaba a andar con las manos en los bolsillos y me dejaba llevar en una línea quebrada de itinerarios azarosos, rápidamente extraviado en la cuadrícula abstracta de la ciudad, mareado por la monotonía de las distancias entre una calle y otra…
Ventanas de Manhattan, Antonio Muñoz Molina
Dedicaré tiempo y esfuerzo a no hacer absolutamente nada, a pesar de que tengo toneladas de ropa qué lavar y otra tonelada qué acomodar, a pesar de que debería irme a casa a limpiar y arreglar no lo haré. Mi voluntad entera estará dedicada a guardarme y dejarme consentir en casa de mi madre, a mover el control remoto con mi dedito índice hasta que me duela, mantenerme en posición horizontal hasta que me sienta parapléjica.