BANANA SPLIT

Este fin de semana el juanan lo tuvo un poco difícil. El domingo amaneció triste, con dolor de cabeza, con un huequito en el alma que no podía definir. Hice lo que cualquier mamá: terapia de pan francés, caricaturas, charla, apapachos, cine, palomitas, invitación a mi cama, piojito. El lunes estaba un poco mejor, pero lo cierto es que el huequito seguía ahí. Hice lo que cualquier mamá: lo llevé a comprar el material necesario para hacer banana splits. Nieve de vainilla, nieve de chocolate, mermelada de fresa, crema batida y nuez (sí, me faltó el chocolate líquido). Nos pusimos ese día una tremenda panza de calorías. Ayer él repitió la operación. Y esta mañana amaneció con la sonrisa de siempre.

Supongo que si tuviera ocho años más la solución no estaría en un banana split. Estoy segura que aún hoy la solución no es un banana split, sino lo que esto significa. Detrás del plátano, la nieve y la mermelada está la certeza que quiero que mi hijo tenga en cuanto a que haría básicamente cualquier cosa por él. Para evitar los golpes de la realidad, para amortiguarlos, o para estar ahí con un banana split cuando éstos son irremediables.

PROLETERKA

Proleterka es un barco eslavo. Significa Proletaria. Un grupo de turistas viaja en él por las islas griegas. Proleterka se desliza por el mar. Vaivén de presente y pasado. Dentro del Proleterka hay un padre y una hija, viajan para conocerse y no viven sino el extrañamiento. La narradora, como el barco, es un vaivén. Va del recuerdo al camarote que comparte con su padre. Una y otra vez. Es ella y es yo. Lo dice así: soy la hija de Johannes y ella es la hija de Johannes. El Proleterka es un crucero que es habitado como la vida misma, por la extrañeza, por la ignorancia, por los objetos y las personas que marcan el tiempo.

En Proleterka, su autora Fleur Jaeggy logra un vertiginoso viaje marítimo y lingüístico. Frases cortas, punzantes, emociones vagas y crueles. El mundo visto en los ojos de una adolescente que siempre ha sabido más de sí. Jaeggy crea un mundo terriblemente dulce o dulcemente terrible. ¿No es la vida sino eso?

DU HAST DEINEN VATER VERLOREN

“Du hast deinen Vater verloren”, sentencia la hija de Johannes. Has perdido a tu padre. El niño posee una mirada melancólica. La visión del padre le oscurece el iris. Las palabras desfilan ante sus ojos como en una pantalla, sin conmoverlo. “Sí, sí”, dice distraídamene el niño. Ensimismado. El niño no reacciona. Responde tranquilo, monóntono y triste: “Sí, sí”. Como si el dolor estuviera hecho de paciencia, cordura, afirmación de lo irremediable. “Sí” repite el niño como un autómata. Un sí átono, desnudo. El niño mira hacia otra parte para no ver más las palabras. Ya no contesta.

Fleur Jaeggy, Proleterka.

VIERNES

Ay.
El Padre David. El hermano Alejandro. La tanta gente. El Sup. José Martí. Cardenal. Nezahalcóyotl. Le chat noir. Fetuccini a los cuatro quesos. Pay de Mango del Roberto de la ASU. El queso de la ensalada del víctor. El kiwi de la ensalada de Karla. El dinero perdido. El dinero recuperado. El local de fiestas infantiles atiborrado de escritores. El baile con el Moncada. El baile con la Elsa, la Jenny y el Meza. El grupo que no tocaba nada completo, “ni reggaeton” dijo alguien. Las nenis. El Ssini en su solo de baile. El pluma vacío. El pluma lleno. Las nenis. Los wats people. Los a dónde le seguimos. La definición de aguaje. Mi vida descrita por un tarot en una banqueta. Chihuahua y Monterrey queriendo fiesta. Romper con un ciclo inexistente. Yo en cama a casi salir el sol y fuera de cama al punto más alto del sol. Preferir la almoahada por sobre todas las cosas.

EL DÍA QUE MURIÓ PAPÁ (lo que leí ayer)

Sus células se están
apagando como luces.
J.M. Coetzee

Uno
La enfermedad de mi padre era irremediable. Los muchos médicos y los muchos análisis repetían lo mismo: el problema estaba en la sangre. Su esposa dijo lo mismo que mi madre: para saber eso no se necesitan ni médicos ni análisis. Mi madre tomó el asunto con calma, a fin de cuentas tenía ya más de diez años de vivir sin él. A Beatriz, su esposa, le tomó un poco más de tiempo. Pero después de unos días de soportar sus quejas, sus demandas, sus histerias de hombre enfermo, se hizo a la idea.

Dos
Yo estaba en Arizona cuando todo esto ocurrió. Trabajaba en un café por las tardes; por las noches, escribía. Tenía años aquí y sin embargo no conocía a nadie y nadie me conocía. El incógnito era lo mejor. Amelia me avisó. “Tienes que venir”, dijo. “Está muy grave, lo veo muy mal”. Unos días después, Guillermo me llamaba para decirme lo mismo, yo tenía que estar allá para ayudarlos con los cuidados de papá, ellos no podían dejar sus empleos y sus vidas. Supongo que trabajar en un café y escribir por las noches no contaba como un empleo, menos como una vida. Asumieron que yo podía prescindir de lo mío, ellos no.

Esa noche, mientras organizaba mis cosas, no dejaba de pensar en lo mucho que me hubiera gustado meter en la maleta el valor que había desarrollado en los últimos años. Pero sabía, perfectamente, que bastaría sacarlo para que mi padre, lo fulminara.

Tres
Mi padre, como su enfermedad, era irremediable. Intransigente en sus decisiones, castrante en sus opiniones. Sólo la exageración lo describe. Para él, sus hijos éramos decepcionantes y sus mujeres, ingratas. Las pocas palabras que pronunciaba para o por nosotros eran, cuando mucho, manchas en el silencio. Nosotros, entre más nulos, más aceptables.

Pero ahora él estaba en un hospital y su presencia, era nula.

Cuatro
El hombre fuerte, invencible, el hombre que acababa con los sueños de los demás, estaba débil. Mi padre: reducido a un cuerpo pequeño bajo una sábana blanca. Balbuceaba apenas. La palabra se resistía. El tiempo se le había venido encima. Primero un dolor, después un desmayo y de pronto estaba viejo y encamado. Parece increíble que nadie le hubiera dicho que esto pasaría. Mi padre estaba vencido.

Al principio no estuve seguro de que me hubiera reconocido. Dejé mi chaqueta sobre la silla y reacomodé un poco su habitación: agua fresca, cortinas abiertas, ventana cerrada. Organicé el campo de batalla de sus sábanas. Luego, me senté a su lado y en cuanto lo hice, su presencia me azotó.

Cinco
Quizá alguno de mis hermanos, frente al cuerpo herido de mi padre, pudo hacer el pasado breve y lejano. Yo no, para mí, el pasado estaba aquí, en la habitación de este hospital. Y veía el estado actual de mi padre como una especie de consecuencia. Por supuesto, me estorbaba pensar en términos de culpa y penitencia, de víctima y victimario. ¿Cómo hacerlo? Era vergonzoso. Absurdo. Pero inevitable. La vida de mi padre colgaba de una pared, era el cuadro torcido que nadie se atreve a enderezar por pereza o por la posibilidad de que éste se caiga y rompa el cristal que lo protege. Yo tampoco iba a acomodarlo.

Mi padre comenzó a quejarse del dolor. “Es terrible”, repetía. Se movía de un lado a otro, un movimiento pesado, lento. Adolecía, apretaba los ojos, los puños, como signo exacto del tormento. Uno nunca sabe qué hacer frente al sufrimiento ajeno.

Tuve que borrar mi vida a su lado, guardar las pérdidas y los lamentos. Y luego hice lo que nunca había hecho: tomé su mano. Yo, tomé la mano de mi padre y le dije: “todo va a estar bien”. Él, abrió los ojos, enormes, penetrantes, únicos. ¿La esperanza se había asomado? ¿Es eso una sonrisa? No, papá me miró y papá dijo: “Tú… tú qué sabes, imbécil”, y exhaló.

Seis
El día que murió papá, el médico nos explicó lo que todos sabíamos: El problema estaba en su sangre.

UNA BOTANITA

– La maestra nos dijo que mañana podíamos llevar una película y una botanita.
– ¿Sí?
– Sí.
– Bien, pues yo ahorita no puedo manejar pero le decimos a tu tía Natalia que te lleve al oxxo. Toma, aquí hay dinero.

(quince minutos después una bolsa extra grande de ruffles entra y tras de ella un niño de ocho años)

– ¿Y ESO??!!
– ¿Esto?
– Sí, ESO.
– Ah pues… es la botanita…