JUEVES, AL MEDIODÍA (relato)

Quien se suicida lo hace porque la vidale resulta ya insoportable, dijo papá cuando Alicia nos platicaba los detalles sobre la muerte del vecino.

Han pasado muchos años de ese día, pero tengo un recuerdo indeleble de esto. Fue un jueves al mediodía. Mamá y Alicia yendo y viniendo a la cocina. Papá sumido en el periódico. Javier y Enrique platicando con la morbosidad del adolescente. Yo mirando mi vaso. Sobre la mesa el mantel amarillo y la vajilla blanca. Sobre la mesa la jarra con agua de jamaica. Sobre la mesa el bullicio que nunca alcanza a ser una conversación.
– Dicen que los hijos no saben nada…
– Que están con la abuela…
– No, con la tía…
– Deberíamos mandar un arreglo, ¿no crees Gordo?,
El periódico era lo único que papá atendía al mediodía. La conversación nunca se detuvo por eso.
– Sí, una nota estaría bien…
– Dicen que dejó dos cartas, una para su mujer y otra para sus hijos.
– Qué absurdo, en lugar de cartas les hubiera dejado un buen recuerdo, ¿por qué se suicidaría, Gordo?
Papá dejó caer el periódico. Empujó su plato. Se levantó y dijo antes de salir de la cocina:
– Quien se suicida lo hace porque la vida le resulta ya insoportable.

Los vecinos tenían dos hijos, niño y niña. Nunca hablé con ellos, nunca salían a jugar con los de la cuadra. La única vez que crucé palabra con ellos, fue cuando la pelota cayó en su patio. Toqué la puerta, el niño me abrió. Le expliqué. Fue por la pelota. Desde la entrada de su casa alcanzaba a ver el interior. Recorrí la alfombra, la mesa y sus figuras sobre ella.
Recibí mi pelota y me fui.

Si cierro los ojos veo todo otra vez. Era una casa perfectamente normal. Repaso una y otra vez los muebles y los objetos. Los rostros que alguna vez había visto en la calle. Era una familia perfectamente normal. Entonces, ¿por qué?

Caminé rumbo a mi habitación. Me acosté boca arriba. Veía el techo y ahí estaba dibujada la casa de los vecinos. Muebles, objetos, rostros. Luego, sin planearlo siquiera, fui en busca de papá. Me asomé en su habitación. No estaba ahí. Fui a su oficina. No. En la sala de estar. Tampoco. Caminaba por el pasillo cuando reconocí su figura al otro lado del ventanal, en el patio. Estaba sentado sobre la banca, frente a los rosales. El sol iluminaba su figura de modo que era lo único que parecía existir en el patio. Es una imagen imborrable: papá sentado frente a los rosales. Quise salir. Quise acercarme a él. Quise sentarme con él. Quise preguntarle: ¿cómo puede la vida ser insoportable?

No lo hice. No me atreví a acompañarlo. Papá lloraba. Fue la primera y única vez que lo vi llorando. Tengo un recuerdo indeleble de eso.

Era jueves, al mediodía.

VIVAS, BRAVOS, HURRAS Y UN BONCHE DE APLAUSOS POR:

  1. Las vacaciones.
  2. El cumpleaños de la Marce (léase, la mamá del Gero).
  3. El hijo que eligió por sí solo su ropa: ¡y combinaba!
  4. El celular de Sazú (léase, la Godoy).
  5. Las vacaciones.
  6. El regreso de la vecina extraviada (léase, la Nats).
  7. La quincena.
  8. La nueva filosa filósofa que tiene el país (léase, la Lore)
  9. Las vacaciones.
  10. LAS VA CA CIO NES.

MANCILLA VS. BAUDRILLARD

Hoy Madame Mancilla se aventará un tú por tú con la academia tijuanense (yes, there must be one) al presentar su tesis.

Seguro Baudrillard la mirará desde donde esté y se negará a sonreír a pesar de que le guste lo que escuche.

Good Luck, Sweetie!

ELLA, LA GRADUANTE

El once de mayo de dosmilsiete, si todos los dioses y burocracias del universo lo permiten, me graduaré de la maestría. No sé la hora y no tengo claro el lugar, pero puedo decirles: la alegría me inunda.

EL MEJOR SABADO

Levantarse a las casi once am. Tener ayuda para limpiar la casa. Desayunar té verde en taza blanca. Recibir a los amigos. Botanear con los amigos. Comer con los amigos. Ver películas con los amigos. Reír con los amigos. Abrir finalmente esa botellita de champagne.

Dormirse de madrugada.

LOS PLATOS ERAN ENORMES (relato)

Los platos eran enormes. Infinitos. Mamá sirvió puré, carne y verduras cocidas en ellos. Cantidades gigantescas. A comer, dijo. Nosotras nos mordíamos el labio, escondíamos las manos dentro de las mangas, agachábamos la cabeza. Pero no dijimos no.

Tomamos nuestro lugar en el comedor. Mamá acercó nuestras sillas para que no hubiera espacio entre cuerpo mesa. A comer, dijo. Mirábamos el plato. Ni el puré ni la carne tenían el mejor aspecto. Siempre habíamos odiado los chícharos. Las zanahorias tenían un color insípido. ¿Cómo tomar el tenedor? Mirábamos y mirábamos y mirábamos la comida para desaparecerla.

El plato y su contenido seguían ahí.

A comer, insistió mamá. El tono era otro. La mirada era otra. Mamá era otra. Tomamos los cubiertos. Los movimos de aquí a allá sobre el plato. Deslizamos la comida. Pusimos porciones pequeñísimas en el tenedor. Hicimos como que.

Mamá iba y venía. Se movía y la casa entera era el sonido de los cubos de hielo en su vaso y el golpe de sus tacones sobre la duela. Su voz que decía: a comer.

No había salida.

Comenzamos. Cortar un poco de carne. Tragar un poco de puré. Empujar los chícharos a la orilla del plato. Rozar las zanahorias. El tiempo se extendía igual que el mantel sobre la mesa. Masticar era un juego extremo.

Nuestra lentitud la exasperó. Pronto, su cuerpo, su mirada, su voz… todo en ella, era rabia. A comer, a comer dije, gritó. Lo siguiente ocurrió así: Tiró su vaso al piso, arrebató mi tenedor, colocó carne, puré y verduras, me urgió a abrir la boca y metió todo. Repitió la misma operación con mi hermana. Muchas veces. Demasiadas veces. Van a comer, van a comer, nos decía. Ninguna de nosotras le dijo que eran las doce y que ya nos había dado de cenar.

Los platos eran enormes.

MUNDO

¿De qué hablaríamos si no habláramos del mundo?

Paul Ricoeur

Dormí, dormí lo más que pude. Cociné poco. Pensé poco.

Mi hijo, durmió poco, jugó mucho, habló tanto.

Sí, estamos bien.